
otoño

musicas
viaje
todos los cielos, el cielo
Julio
unidad de lugar

¿Cómo llegaste hasta acá? Andaba perdido. Hice varias cuadras, crucé la plaza, me entretuve un poco con las nubes y la chica de ojos claros que alisaba el césped. ¿Cómo llegaste hasta acá?
Vida y otras cuestiones

Existo en las palabras.
Me giro lingüístico de un tiempo a esta parte.
Encerrado entre las descripciones del mundo, en la conformación bucólica de imágenes bellas, en el contemplar de las flores nocturnas.
En una época, que es esta, nos arrinconamos contra las mesas de los bares del centro a fabular, a imaginar otras vidas, a ser los que tenemos la dicha, el grito, los que amábamos demasiado, los que creemos ser Erdosain y Astier, los que destrozamos muros, los que leemos los clásicos imperturbables, los, que, imitamos, a, Saer, hasta, el, descaro, los que nos juntamos en el patiecito aquel, con las baldosas a cuadros, a fumar y a hablar de política, de literatura, de los que se fueron, de los que se quedaron, los que nos quedamos solos, contra la pared, observando el cielo, los que salimos a la hora del rocío nocturno a caminar, los que vamos a comer recortes de pizza y tomar cerveza, los que hacemos de la vida y otras cuestiones cuentos, relatos, los que jugamos el juego de la literatura y la amistad en cada rincón.
Somos aquellos que se pierden por las calles.
Miranos, estamos en todos lados.
Crónica Olfativa

cuento leído en el Rosa Molesta Club
La máquina expende el boleto y huelo a través de la ventanilla semi abierta el aroma gris del ricachuelo por última vez en el día; se me antoja una sensación brumosa y pesada, que se empasta sobre las paredes de mis fosas nasales. Ahora en el colectivo, el asiento que exhala plástico viejo, gastado de las posaderas ajenas. El viaje es tranquilo a pesar de los saltos del 29 contra los últimos adoquines. Acaso la mujer del asiento de adelante huele a jazmín; me acerco un poco, es inconfundible: son rosas y agua fresca y maquillaje; la mujer, me digo en mi silencio de pasajero, posee el aroma de la juventud marchita. Se asoma
Vuelvo al departamento. Estoy solo. Ya poco queda de sus olores, que eran su presencia en la mía y sólo como un recuerdo me queda el boleto, el riachuelo, el asiento, la mujer, el humo, el viento, el saquito rojo, las margaritas, las transpiración, la risa, el jadeo, las manzanas, el césped, el helado, el café.
contemplación
Miró.
La mano en la barbilla –era, si, en la barbilla, la mano, una marca, una especie de entrada a ese mundo–, las cejas arqueadas, los ojos que escrutaban la superficie de pinceladas de acrílico. Las líneas formaban una figura; un sombrero; debajo, un rostro; en su interior, una expresión; luego, un cuerpo que se esfumaba poco a poco y se unía, en imperceptible amalgama, con el fondo: un frondoso bosque, espeso, de hierba, yuyos, pequeños arbustos traídos del mediterráneo; en los vértices superiores, el cielo celeste que se perdía en un frío blanco.
Observó largo rato.
La mano, la barbilla, los ojos, las cejas. El acrílico era, ya, como un mar embravecido; cada pincelada era un golpe furioso, una declaración del falsificador, del artista que jamás será reconocido, del hombre oculto.
Sus ojos captaron lo apócrifo.
Ahora, en sus bolsillos, las manos. Su boca lanzó un enunciado: “El cuadro está en perfecto estado. Puede estar seguro de la legitimidad de su adquisición”.
La mirada dura.
Sus manos estrecharon las de la señora.
Salió.
Contempló el cielo.
Sus manos, sudadas, palparon los billetes. Ensayó una mueca, quizás una sonrisa.
Después, se perdió para siempre en los confines de esas construcciones contemporáneas que los algunos llaman urbes.