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flores nocturnas


Recostado en el jardín, mira las flores nocturnas, así, con el aire, con las nubes en lo alto, con la escritura invisible del viento, las mira crecer, recostado sobre sí, absorbe el lento aroma, escruta el orden secreto, de él, del jardín, mira rescotado, las flores, sobre sí, vuelven, palabras, imágenes, sobre sí, mira, ahí, en el jardín, la noche que lo envuelve, y lo aleja, de sí, de las flores, de las palabras, de las imágenes, mirando mirar, aquello, sobre sí, sobre todos todo.

todos los cielos, el cielo

vi nacer las flores nocturnas, 
me vi fumar solo, 
el aroma insaciable de las calles humedas,
los transeuntes desconocidos, 
esperanzado en mis quimeras,
en los relatos imposibles,
en mis lunas recortandose sobre las nubes blancas de la noche,
en los cielos fugaces,
te vi a vos,
te vi,
y no supe ver mas nada. 

unidad de lugar


¿Cómo llegaste hasta acá? Andaba perdido. Hice varias cuadras, crucé la plaza, me entretuve un poco con las nubes y la chica de ojos claros que alisaba el césped. ¿Cómo llegaste hasta acá? 
Andaba encontrado. Me empujó un poco el viento. Sólo quería estar sola. ¿Cómo llegaste hasta acá? Por el camino aquel, por la equivocación de mirarte y ver más de lo que veo, por amarte, por soñarte a la orilla, entre la arena, por recordar la foto que saqué de la luna. 

Ahora si, los dibujo a todos, estamos en un bar: el perdido toma algo en la barra, tararea canciones que había olvidado; la chica fuma y lee apuntes; el otro, yo, sólo quiere verla y contarle todo y después recordarla a la hora sin sombra, el perfume y los gestos y las palabras y todo en este sitio, en todos los sitios, en todas mujeres, en los perfumes y en las músicas que de ella tengo. 

Vida y otras cuestiones

Existo en las palabras.

Me giro lingüístico de un tiempo a esta parte.

Encerrado entre las descripciones del mundo, en la conformación bucólica de imágenes bellas, en el contemplar de las flores nocturnas.

En una época, que es esta, nos arrinconamos contra las mesas de los bares del centro a fabular, a imaginar otras vidas, a ser los que tenemos la dicha, el grito, los que amábamos demasiado, los que creemos ser Erdosain y Astier, los que destrozamos muros, los que leemos los clásicos imperturbables, los, que, imitamos, a, Saer, hasta, el, descaro, los que nos juntamos en el patiecito aquel, con las baldosas a cuadros, a fumar y a hablar de política, de literatura, de los que se fueron, de los que se quedaron, los que nos quedamos solos, contra la pared, observando el cielo, los que salimos a la hora del rocío nocturno a caminar, los que vamos a comer recortes de pizza y tomar cerveza, los que hacemos de la vida y otras cuestiones cuentos, relatos, los que jugamos el juego de la literatura y la amistad en cada rincón.

Somos aquellos que se pierden por las calles.

Miranos, estamos en todos lados.  

Crónica Olfativa


cuento leído en el Rosa Molesta Club

La máquina expende el boleto y huelo a través de la ventanilla semi abierta el aroma gris del ricachuelo por última vez en el día; se me antoja una sensación brumosa y pesada, que se empasta sobre las paredes de mis fosas nasales. Ahora en el colectivo, el asiento que exhala plástico viejo, gastado de las posaderas ajenas. El viaje es tranquilo a pesar de los saltos del 29 contra los últimos adoquines. Acaso la mujer del asiento de adelante huele a jazmín; me acerco un poco, es inconfundible: son rosas y agua fresca y maquillaje; la mujer, me digo en mi silencio de pasajero, posee el aroma de la juventud marchita. Se asoma la Plaza de Mayo y el aire se vuelve un poco tóxico. Quizás sea la acumulación de colectivos que ha formado la nube negra que me hace toser. Es imposible capturar olores, los ojos arden y la nariz pica. Llegando al obelisco el viento limpia un poco mis sentidos, pero todavía no sé por qué la dejé. Hipotetizo: ése día que llegué antes del laburo el saquito rojo que siempre usa desprendía el hedor de esa colonia para hombres que suele usar el ex. Será el sol que me nubla la vista el que me hace respirar el aroma incierto de las margaritas. Ya camino por los bosques de Palermo. Hay mucha humedad y los chicos pasan transpirados en bicicleta. Huelo la risa, el jadeo, las conversaciones que se ensayan a la orilla del lago. Tengo sueño. El tipo del carrito me pone una manzana acaramelada en la nariz. “¿Quiere?”, dice. El olor de las manzanas se me vuelve insoportable, me transporta al ’89, cuando mi viejo había perdido el trabajo y siempre comíamos fideos de sémola y las manzanas machucadas que descartaba el verdulero. El césped descolorido huele a nada. Hipotetizo: creo que ya no la amo, me importa poco lo del ex, que se la aguante él. Mi sobrina me pregunta a que sabe la vida. Mi sobrina hace preguntas imposibles. Le respondo: a helado de frutilla y dulce de leche. La contestación le satisface tanto que me pide diez pesos para un helado. Por el oeste se anuncia el ocaso, todo se vuelve tenue y huidizo por aquel sector y los deportista se sacan sus abrigos y las abuelas toman café con leche. Los aromas se transforman, lo invaden todo aprovechando las sombras que se alargan. Camino por la avenida y siento el café expreso y el humo blanco que despiden los autos. Hace frío y el frío congela narices. El que deja debe tener las cosas más en claro, me digo –uno siempre se está diciendo cosas, me digo que me digo-.

Vuelvo al departamento. Estoy solo. Ya poco queda de sus olores, que eran su presencia en la mía y sólo como un recuerdo me queda el boleto, el riachuelo, el asiento, la mujer, el humo, el viento, el saquito rojo, las margaritas, las transpiración, la risa, el jadeo, las manzanas, el césped, el helado, el café.

 

contemplación

Miró.

La mano en la barbilla –era, si, en la barbilla, la mano, una marca, una especie de entrada a ese mundo–, las cejas arqueadas, los ojos que escrutaban la superficie de pinceladas de acrílico. Las líneas formaban una figura; un sombrero; debajo, un rostro; en su interior, una expresión; luego, un cuerpo que se esfumaba poco a poco y se unía, en imperceptible amalgama, con el fondo: un frondoso bosque, espeso, de hierba, yuyos, pequeños arbustos traídos del mediterráneo; en los vértices superiores, el cielo celeste que se perdía en un frío blanco.

Observó largo rato.

La mano, la barbilla, los ojos, las cejas. El acrílico era, ya, como un mar embravecido; cada pincelada era un golpe furioso, una declaración del falsificador, del artista que jamás será reconocido, del hombre oculto.

Sus ojos captaron lo apócrifo.

Ahora, en sus bolsillos, las manos. Su boca lanzó un enunciado: “El cuadro está en perfecto estado. Puede estar seguro de la legitimidad de su adquisición”.

La mirada dura.

Sus manos estrecharon las de la señora.

Salió.

Contempló el cielo.

Sus manos, sudadas, palparon los billetes. Ensayó una mueca, quizás una sonrisa.

Después, se perdió para siempre en los confines de esas construcciones contemporáneas que los algunos llaman urbes.  

la vida al pasar


Barremos bajo la puerta lo mejor de los sentidos: la luz amarillenta de la lámpara, lo que ha quedado del atardecer, ciertas sonrisas que contemplábamos hasta ayer. Quedan los humos de los cigarrillos, una metáfora del tiempo que ayer fue hombre, sobres de cartas vacíos. 
Después nos sentamos en la puerta de nosotros mismos. Nos vemos pasar como quien se toma el último vasito de la fiesta. Al principio no nos reconocemos, pero luego de un rato, fingiéndonos otro, nos preguntamos cómo andamos y que era de la manía de dibujar tipitos de mirada triste en los umbrales de los bares del centro. Qué era de la chica esa que le inventaba alas a las personas y decía que todos se habían ido a otra parte. 
Y ahora sentimos el aroma que hemos sido y dejamos entrar la noche por todas partes y somos alegres y tristes a todas horas.  

alimentos terrestres


Caminó por las calles del centro -con ese torbellino de ideas que solía acosarlo-. Luego fue a parar a algún bar de Corrientes. Se topó con los desconocidos de siempre, las barras de amigos, el tipo que nunca se había ido, la colección de artificios de algún escritor podría producir esa fauna. Papel y lápiz. Hiló palabras, ciertos puntos, descompuso imágenes, como cuando juntaba flores rotas en jardines secretos.

sólo gente


El amanecer se despliega sobre las vías.
Las personas, en su dinámica
inminente,
se dirigen hacia lugares de trabajo.
Poetas,
artistas del hambre,
músicos,
pintores,
rebeldes,
eclécticos,
mercachifles de la nada,
mujeres que han sobrevivido a algunas historias de amor,
amigos del alma,
escribas,
ilusos,
actores de la vida y de los otros,
aquellos que se emocionan cuando terminan un libro,
aquel tipo que no podemos recordar,
los amores, las amantes, lo imposible, lo imborrable
y los simples contempladores se esconden bajo la existencia muda del trabajo.

racimos de sombra


Esta noche, no lejos de aquí, se oirá un rumor, ruidos apagados; serán los amantes, serán los amantes que se confunden en las sombras que los árboles despliegan a las horas de la nada.
Ellos serán murmullos, agites, el amor como presente absoluto.

aventurista


Bajo una estación antes -para sorprender(me)-; después finjo un poco de indiferencia hacia los comentarios de Carlos acerca de la necesidad intrinseca que tiene de desarrollar y escribir historias (siempre) intrincadas, atrapantes y kilométricas; "La aventura é finita", me recuerda Carlos; plantea mundos dispares, donde los cruces son ley, donde la superposición quiebra un poco las jerarquías, donde el conserje es un Dios menor, donde el escritor, un pobre tipo; Carlos pide una bebida amarga, típico gesto que repite cuando me viene a visitar; es un bar, esto, me dice; en donde vive Carlos no hay bares, sino confiterias y gente con demasiadas cosas que perder; ahora piensa otra historia: tiene conspiración, próceres que se cagan a trompadas, viajes a ningún lugar, personajes solitos, héroes que no se afeitan por las mañanas; me dice que ha optado por cierto cinismo en las relaciones con las mujeres; "Me sorprendes", le digo; vamos al Museo a contemplar, luego caminamos, yo saco fotos; en Ghandi hablo con una mina que quería comprar algo de Saer -descaradamente recomiendo cosas que no he leído, invento alguna anécdota de un tío mío con Saer en un aeropuerto para atraerla; la chica apenas deja una sonrisa y se pierde por Corrientes-; volvemos a casa, tomamos cerveza, hacemos on line un cadaver exquisito con Gus -un admirado artista-; después describimos al mundo en forma maravillosa, recordamos las bellas mujeres que nos han quitado el sueño y el día va apareciendo en el cielo, nada más.

respiración

Temprano, claridad, colores fríos que se vuelven tenues.
Ojos, abiertos, almohada, pereza, cierta sensibilidad en los labios que le producían una sensación melancólica, errada, ausente.
Se levantó.
Ejecutó una, dos, tres, veinte acciones que suponían un mundo.
Salió.
Realizó toda una serie de tareas por las cuales recibía un pago mensual.
Volvió a donde veía habitualmente la claridad, los colores fríos que se vuelven tenues, lo temprano.
Durmió.
Un día todo eso se quebró.
Las acciones no condujeron a un mundo, sino a un rostro, el rostro a un cuerpo, el cuerpo a un sentimiento, el sentimiento a una palabra, que no se escribirá aquí.

Temprano, claridad, colores fríos que se vuelven tenues, respiración, cabellera, labios, acciones que conmueven cuerpos,
y
los
cuerpos
mundos.

cadaver exquisito

por Carlos D., Gustavo S. y Juan D.

El alma puede ser modificada sin previo aviso...

... a menos que sea un alma inconmovible y múltiple,

como todas las almas, pero, pensó después, mucho después cuando se supo un ser tardío...

que solo los peces ciegos pueden ver la oscuridad donde no llega la luz...

de qué demonios hablas? - aseveró de pronto el Mariscal. _Vístase. - Ordenó.

Y se vistió. Luego, se fue. Se fue. Así, sin ser más de lo que era.

Al otro día, apareció lleno de alpiste, había dormido en el establo, junto a las gallinas

Cuando se enfrentó de nuevo al Orden, eructó una pluma.

Pero la pluma, lánguida, solo fue un suspiro amargo, triste, apenado, del ser, del recto camino que seguimos cuando estamos así, en el lugar de los otros.

El orden realizó una kermese donde, además, se pudo divisar la Luna y algo de Plutón haciendo lupa con una gota de rocío

Y entre tanto derroche cósmico, las almas finalmente se confundieron en una sola!

Y concluyó ese crepúsculo, en su rostro, en sus ojos, en los gestos de todos los hombres que han sido y que serán.

Tanta hermosura desmesurada provoco, sin embargo, el efecto contrario de la tristeza y la frustración

que es el FIN

amanecido


Iré a pasear por jardines subterraneos, a interrumpir el crujir silencioso de los arboles, a contemplar mi forma de amar.
La naturaleza cifra la melancolía de la mañana.
En aquella esquina, detrás de esa sombra, habitan recuerdos que me distancian.
Por allí paso, soy el que lleva el corazón en la mano y se sonroja después de besarla.

otro poema humano


Y fue en el momento en que dejó de contemplarla que confundió
a los relojes con el tiempo,
a las margaritas con aquellas chicas que salían a recibir el rocio por las mañanas,
a los sabios con los solitarios,
a las lunas suburbanas con los farolitos tristes de Defensa.

Y fue entonces, en su confusión, no pudo más que ir a pasar el tiempo a los arroyos de la infancia, reencontrarse con amigos queridos, emborracharse de vida, amarla en rincones lejanos.

cae la noche

y si no hay orilla,
y todo lo inventamos,
y así nos va,
y le mando postales de lugares tristes,
y ruego que sea amor,
y si nada nos importa,
y cuando cae la noche, simplemente, viene
y la miro
y pasa el tiempo más rápido,
y yo estoy así, como si nada, y sonrío y sonrío.

alguien, algo, siempre


No, tengo, la costumbre arrebatada del que camina por el sol, el deseo, nunca, me, sobrevive, voy detrás de las margaritas, miro, absorto, la, luna, después, después de después, describo el estado, del ánimo, y, eso, me cicatriza, sólo un poco y luego, vuelvo, al ruedo melancólico, a, sentirme, uno más, de los tristes que sienten alegría.

cuando entonces


Cuando eran nada, sólo, miraban, hacían que esperaban, mentían sobre asuntos importantes mientras caminaban por esas callecitas desiertas que, secretamente, tiene el centro.
Cuando eran algo, sólo, sentían, marcaban, pasos, en la noche y, después, se fundían debajo de cualquier racimo de sombra.
Ahora se pierden en los mismos caminos. Cuando se cruzan, se miran un poco, se recuerdan, y van a llorar junto a amigos que beben vino en copas, guardan entradas de cine y se fugan solos a los parques de la ciudad.

horizonte


El horizonte es el fondo de todas las calles, es el infinito y más, es la sonrisa inolvidable en los parques que te vi, es rocio y la helada, el martirio y el placer, los años y la magia que tiene su forma de reir en las noches de calor.

Como te pasa a ti, como me pasa a mi.


Ahora que camino sobre arenas movedizas, nuestra historia de amor se parece mucho a los vidrios empañados de los autos. Me pongo triste y me voy a andar por la costa; me esperan todos los amantes desperdigados, las mariposas moribundas, los que han sido grandes.
En los ojos llorosos iba yo.
En los sueños, habito jardines anochecidos.
Y me quedo así, mirando la Cruz del Sur, disfrutando de le jours tristes.