Lejos


Aprovechaba a sentarse en la vereda en la época que los veranos eran largos. Entre siete y ocho de la tardecita abría toda la casa y se sentaba en la puerta con la radio. Como no había teléfonos, la realidad, a esa hora, ya quedaba lejos.
 El sol tardaba en caer en el sudeste bonaerense. El boletín policial de Radio Tres Arroyos se perdía en los fondos de la casa en penumbras. La cuadra era un desierto. Todos estaban en Claromecó. Mi viejo sacaba la mesa al patio y, si daba, se hacía algún churrasco. El calor y todas las luces apagadas lo encontraban de noche mirando Jesús María.
En aquellos veranos, el mundo nos daba el lujo de languidecer mirando las estrellas.

Plaza España


La salamandra está prendida, de fondo se escucha el murmullo de la radio y sobre el mostrador hay un mate recién cebado. Como muchas historias que cuenta mi viejo transcurren en la Plaza España. Toda su familia vivía enfrente. Una puerta verde daba paso a un largo pasillo, y allí estaba la casa. Patio grande, buenas plantas, gallinero. 

Como todo escenario, la Plaza tenía sus personajes. El viejo Castelli, que era inspector, siempre los perseguía cuando se mandaban alguna. El petiso Mayo, que era el sereno de la Ford Guillamón, cruzaba la plaza con los bolsillos llenos de toscas porque mi viejo y los amigos le gritaban cosas. Otro al que volvían loco era al viejo Pata Corta, siempre revoleando el bastón. Al viejo Troyano nunca le dejaban dormir la siesta. Le tiraban medios ladrillos arriba del techo, le robaban del gallinero con el "caza huevo", como lo había bautizado Colombo.    

Después estaban los placeros. Torval Johansen, muy mentiroso. Pero uno de los más recordados era Tricidad Cardozo. Decía que sabía de electricidad, pero eran macaneos. El gordo Aprea, que de eso sabía, le hacía puente en unas viejas columnas de cemento bajitas. Juntaba los cables y de un fogonazo dejaba sin luz toda la plaza. Y Tricidad se enloquecía. "Son las parejas", decía. "Cortan la luz pa `apretar, pa `chapar". Salía con mi viejo y Aprea a encarar a los que andaban noviando. Se les paraba enfrente, manos en jarra en la cintura y decía: "Los amores, al arroyo; el malevaje, a la jaula". 

La plaza era un patio más para mi viejo. Parte de su vida está ahí. Hasta escondía los puchos para que el padre no se los descubra. En una época la llegué a frecuentar bastante. Iba con algunos amigos a jugar y, con los años, a charlar y fumar cigarros. Mi primera novia vivía en diagonal a la plaza, así que a veces la esperaba ahí. 

Pero volvamos al Flaco Di Loreto. Lo estoy viendo, de chico, cara de pícaro, preparando los autitos para las grandes carreras que se armaban con todos los amigos del barrio. Todo transcurre rápido. Tanto jugaban al fútbol que no dejaban crecer el pasto. "Marquen al pelao", gritaban. Ahí iba, el Puma - como le decían - a cabecear la última pelota. Allí comenzó todo.

Por qué escribimos


Por qué Walter Benjamin nunca pudo componer un libro. Es decir, una obra -pongamos- cerrada, hilada, editada. Quizás porque, como sugiere Alessandro Baricco, veía al mundo como lo que siempre está por venir (porvenir). Sus escritos van por senderos no trazados. Tanto que hay mucho de cosas sueltas, papeles, autocensura.  

Benjamin es no siendo. Es lo inacabado, lo inoportuno, lo que transcurre a destiempo. Su final es una cruel metáfora de ello. 

Por qué escribimos. Quizás el mayor acto humano. No hay mayor techné -tecnología- que un papel y un lápiz. Ahí podemos hacer un poema, escribir en código binario o garabatear dibujos.

Por qué escribimos. Para detener el tiempo. Para afirmarnos (en sentido spinoziano). Para negar al mundo. Para seducir. 




Fábulas


El café con leche con medialunas o tostado siempre lo tuve asociado con lo porteño. Luego de un largo viaje en el Condor - La Estrella y en esos viejos bares amarillentos pedía el café con tostado. Esos amaneceres cansados.

Venir a Buenos Aires era venir al mundo. Tomar el subte, recorrer mil librerías, pasear por el Centro. Muchas veces acompañé a mi vieja a comprar mercadería para el negocio a Once. Era todo un día de trajín, entrábamos en jugueterías, en mercerías, locales de ropa interior. Había que andar ligerito y con cuidado.

Buenos Aires también era mis tías abuelas, hermanas de la abuela Dominga, que vivían en San Telmo. Los recuerdos borrosos me traen una escalera de marmol gigante del edificio en que vivían. Mi viejo siempre recuerda cuando pasó unos días acá cuando su padre andaba jodido.

Te aporteñas, pero te seguís percibiendo como del interior. Uno se cree que no cambia y que cambian los demás, como cantaba Cafrune. Lo cierto que el pueblo lo perdió para siempre. Nunca se vuelve, como dice Dolina. Por eso los lugares son, sobre todo, una construcción de nuestra memoria. El trabajo del hombre, si es algo, se constituye como una eterna reconstrucción de lo que no existe. Fabulamos biografías con imágenes borrosas del pasado.


Esas cosas invisibles


Siempre recuerdo Una sombra ya pronto serás, la novela de Osvaldo Soriano.
Una novela metáfora, como todas.

Todo transcurre en caminos rurales de la provincia de Buenos Aires. Lejos de lo lineal, todos los personajes y caminos son sinuosos. Un personaje es más perdedor que otro.

El protagonista no tiene nombre. Sus compañeros eventuales de aventuras viven del apagado fulgor de lo que alguna vez fueron.

Lo que siempre me quedó de Una sombra... es aquella frase: No sabía a dónde iba, pero quería entender mi manera de viajar. Verdadero enunciado existencial. Todo se trata de caminos y recorridos. El protagonista está cansado de llevarse puesto. Una patria que no tiene horizonte, solo caminos que se pierden y quedan en la nada.


En el tango que le da nombre a la novela, la sombra es el pasado, que es siempre irrecuperable. Estoy bastante con ese tema, hace unos años. No lo converso mucho con nadie. La quimera de guardar todo esto que uno vive, recuperar atmósferas, vivencias, los ritmos de cada uno. Anduve pensando mucho en las biografías. O, como le escribí a un amigo, en las bio-grafías. Las vidas que se escriben. Al fin y al cabo, lo que quedará de ellas son palabras propias o de otros. 


Dónde va lo común, lo de todos los días, cantaba el trovador. Las vidas se van en las grandes fotos, graduaciones, bautismos, cumpleaños. Pero lo que las hace funcionar es invisible a los biógrafos. Ésas figuras que haces con papeles y dejás en cualquier lado, formas de tararear, los chistes malos, mi viejo yendo al fondo de la casa con sus cosas de pesca mientras escucha una milonga, las conversaciones con mi vieja, los miles de hojas y cuadernos que escribe Lucía, el desorden, el niño. 

Cómo hacemos todas esas cosas invisibles. Y nada más.

Entre el Ford A y las villalongas


Estoy descubriendo que mi viejo además de asador y gran contador de anécdotas, se dedicó mucho a la caza de joven. Como siempre, con la radio AM de fondo me contó que iban mucho con el Gordo Aprea. Mi viejo tenía un Ford A -forá- y, para salir a cazar, había que echarle nafta. Esperaban hasta el jueves, que había misa en la iglesia reformada de la Plaza España. La cuadra se llenaba de holandeses con auto. Fueron progresando. Antes iban a la iglesia en las Villalonga - un sulky tirado por un caballo- y luego se llenó de autos. 

Cuestión que había que llenar el tanque de la forá. El Gordo Aprea era muy habilidoso: manguera en la mano, bidón de 20 y la vista fija en una furgoneta Citróen. Mi viejo campaneaba. Chupaba la manguera, metía y sacaba la nafta. Después se iban caminando por calle Maipú como quién no quiere la cosa. Por alguna razón se prendían un pucho. Hacían Maipú, Dorrego, 9 de julio, Saavedra. Daban la vuelta de manzana fumando. Llegaban a la forá y cargaban. 

Como siempre habían salido a cazar. A la vuelta, cuando volvieron a Tres Arroyos: "La escopeta, gordo". "¿No la tenés, pelado?". No. Seguramente había quedado en el camino. Es que el gordo tiraba con el winche, que tenía una bala sola, y mi viejo bajaba de la forá como apoyo con "el cañon", como le decía a la escopeta con perdigones. 


Aquella noche durmió mal. Se levantó al amanecer, agarró el forá y se fue solo hasta el camino que iba a lo de Carela. Tomó por una calle vecinal poco transitada, que estaba al lado de una laguna y, a lo lejos, vio algo que brillaba. Ahí estaba la escopeta. Le volvió el alma al cuerpo.Atrás se escucha la fritura de la vieja radio. En un rato, ya se prepara su mate.