Mostrando entradas con la etiqueta Melancolia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Melancolia. Mostrar todas las entradas

Lejos


Aprovechaba a sentarse en la vereda en la época que los veranos eran largos. Entre siete y ocho de la tardecita abría toda la casa y se sentaba en la puerta con la radio. Como no había teléfonos, la realidad, a esa hora, ya quedaba lejos.
 El sol tardaba en caer en el sudeste bonaerense. El boletín policial de Radio Tres Arroyos se perdía en los fondos de la casa en penumbras. La cuadra era un desierto. Todos estaban en Claromecó. Mi viejo sacaba la mesa al patio y, si daba, se hacía algún churrasco. El calor y todas las luces apagadas lo encontraban de noche mirando Jesús María.
En aquellos veranos, el mundo nos daba el lujo de languidecer mirando las estrellas.

Otro tipo de soledad


Con 20 años devorábamos películas francesas e italianas de los 60.
Todo el neorrealismo, la Nouvelle... No solo se trataba de ver lo que hay que ver, sino de captar una estética, unos modos de ver las cosas.
Hijos del (primer?) cable, habíamos sido empapados por los herederos de Griffith y las noches azules del cine norteamericano. Fellini fue mi gran descubrimiento. Era como filmar una poesía. 8 y medio, Amarcord, Y la nave va...

Como todos en todas las épocas, queríamos ser escritores y que salga una crítica en Radar Libros. Era el momento del ocio creativo, de leer, de mirar, de dibujar, de escribir, de mal escribir.
Todo nos fascinaba mucho. No digo que era mejor que ahora, tenemos otros encantos, pero existía otro tipo de soledad. No era la soledad conectada de hoy.

En algún punto todo se apagaba. Había que ir a buscar compañía a la medianoche con Dolina y hasta por ahí nomás.

De cómo los Payasos Tristes se comunicaban antes de Whatsapp y Facebook



Antes de las llamadas "Redes Sociales", los Payasos Tristes mandaban papeles voladores en forma de avioncito, narices rojas con mensajes secretos y grandes, grandísimos, carteles con avisos sobre sus (tristes) funciones.

Más que "contactos" o "amigos", los Payasitos tienen recuerdos, momentos o pequeñas músicas que les han quedado de otros.

Porque, se sabe, que los Payasos, además de tristes, son melancólicos.

andenes





en los andenes casi vacíos dejo escapar musicas marchitas, recuerdos de novias, miradas al viejo que recita frases fantasmales.
son, los andenes vacios, metáforas que los arquitectos y los planificadores urbanos arrojan a los rostros de los hombres tristes y melancólicos.

tareas imposibles

Los hombres quieren eternizarse con palabras efímeras.
Realizan la tarea imposible de vivir.
Realizan la tarea imposible de enamorarse.
Abrazan la soledad en cualquier esquina.
Esperanzados y tristes, como la despedida de los amantes.
Así son los habitantes del fondo de la calle.

movimientos


El movimiento de las mareas, los sonidos de las mañanas tristes, la soledad que exorciza las sombras.

Los que almuerzan en las plazas, los que ven como caen las hojas amarillentas, los que dicen que no saben que harían en ciertas situaciones.

Los refugios del mundo, los hombres de las afueras, esa magia que no para de aparecer aquí y allá.

pequeñeces

El viento es libre en las costas del mundo. El hombre camina por allí para sentirse pequeño. Hay olas rompiendo, vegetación escasa, muros de arena, faros encendidos en noches sin luna. Las pisadas no paran de borrarse. El mar suele ser incansable como el olvido. Los amantes llegan juntos a estas orillas para perderse en la noche bajo las estrellas, y por momentos existe el infinito para ellos.

los amantes y el tiempo


Estaba recostado en la silla. En la mano derecha tenía una copa de vino verde, de rasgos medievales, con detalles en los costados. Ella estaba cruzada de piernas y fumaba un cigarrillo con cierta impavidez. Hacía exactamente cinco minutos que ni él ni la Mujer que Hablaba del Amor pronunciaban palabra. Bebían y se miraban mientras pensaban en silencio sobre lo que ella, momentos antes, había dicho.

–El beso de los amantes nuevos es un beso para huir de la muerte. Es una advertencia de que el tiempo, cuando se vive un amor intenso, es un bien escaso. Siempre estamos retrasados. Es un tren a punto de salir.

De golpe ella suspiró, como quien recuerda algún beso lejano pero no olvidado. La Mujer que Hablaba del amor miró el techo y pestañeó varias veces para que las lágrimas que intentaban salir de sus ojos se detuvieran y, sobre todo, para que aquel hombre sentado frente a ella no las notara.

Miró su reloj, sonrió y se fue. Nunca antes se había ido.

existencias



Los lugares se vacían, las miradas se ahuecan y vuelvo a ver el tiempo volar.

Los senderos no se detienen en su dispersión.

No hago otra cosa que escribir.

La piedra se hizo más pesada hoy. La vi rodar en la caída de la tarde.

Ahora me siento en cualquier lugar a existir, a llorar un poco, a recordar mi presencia en los otros.

Los ejercicios de la melancolía


Escribir en un bar avejentado a la hora del ocaso, contra la ventana, cuando las sombras van cubriendo poco a poco las veredas soleadas; mirar pasar la gente cuando uno anda triste y el mundo le parece un lugar ajeno; caminar gratuitamente, como sino hubiera rumbo ni puerto de llegada; admirar las parejas besarse; imaginar relatos truncos, donde la chica siempre se termina yendo con otro, que nunca es uno; mirar Sweet and Lowdown, leer a Kierkegaad, escuchar “Plegaria para un niño dormido”.