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Esas cosas invisibles


Siempre recuerdo Una sombra ya pronto serás, la novela de Osvaldo Soriano.
Una novela metáfora, como todas.

Todo transcurre en caminos rurales de la provincia de Buenos Aires. Lejos de lo lineal, todos los personajes y caminos son sinuosos. Un personaje es más perdedor que otro.

El protagonista no tiene nombre. Sus compañeros eventuales de aventuras viven del apagado fulgor de lo que alguna vez fueron.

Lo que siempre me quedó de Una sombra... es aquella frase: No sabía a dónde iba, pero quería entender mi manera de viajar. Verdadero enunciado existencial. Todo se trata de caminos y recorridos. El protagonista está cansado de llevarse puesto. Una patria que no tiene horizonte, solo caminos que se pierden y quedan en la nada.


En el tango que le da nombre a la novela, la sombra es el pasado, que es siempre irrecuperable. Estoy bastante con ese tema, hace unos años. No lo converso mucho con nadie. La quimera de guardar todo esto que uno vive, recuperar atmósferas, vivencias, los ritmos de cada uno. Anduve pensando mucho en las biografías. O, como le escribí a un amigo, en las bio-grafías. Las vidas que se escriben. Al fin y al cabo, lo que quedará de ellas son palabras propias o de otros. 


Dónde va lo común, lo de todos los días, cantaba el trovador. Las vidas se van en las grandes fotos, graduaciones, bautismos, cumpleaños. Pero lo que las hace funcionar es invisible a los biógrafos. Ésas figuras que haces con papeles y dejás en cualquier lado, formas de tararear, los chistes malos, mi viejo yendo al fondo de la casa con sus cosas de pesca mientras escucha una milonga, las conversaciones con mi vieja, los miles de hojas y cuadernos que escribe Lucía, el desorden, el niño. 

Cómo hacemos todas esas cosas invisibles. Y nada más.

Proyecto


Lo obvio: estamos anclados en la contemporaneidad.
Esto genera límites.
Lo que se dice.
El cómo.
Sartre decía que era lo que nos igualaba a todos.
El futuro es -quizás- lo que nos libere a todos
puesto que -existencialmente- nos pro-yectamos.
Nos tiramos hacia delante.
Eso nomás.


La memoria y el Testigo

Dice  Giorgio Agamben que, en un campo de concentración, una de las razones que pueden impulsar a un deportado a sobrevivir es convertirse en un testigo.

¿La memoria sería, entonces, cómo traer nuevamente al testigo? Hacer que nos cuente qué ha pasado. Porque él ha sobrevivido para eso, testificar. Para decirnos: "Esa ha sido mi época". Así vivían estos hombres, estas mujeres. Así roía el frío nuestros huesos en Auswicht. 

Dejamos una frase de un testigo,Primo Levi antes de convertirse en testigo:

"Habían cerrado las puertas en seguida pero el tren no se puso en marcha hasta por la tarde. Nos habíamos enterado con alivio de nuestro destino. Auschwitz: un nombre carente de cualquier significado entonces para nosotros pero que tenía que corresponder a un lugar de este mundo". 

viajero


El hombre emprende nuevo viaje, es el movimiento su fin, es el destino su norte; a pesar de que sabe que no hay fines ni destinos y que siempre nos estamos yendo a otra parte (somos nuestra forma de huir). Sin embargo los inventa, se justifica un poco en un mundo de dioses muertos y de seres absurdos. Los recuerdos del viaje van en postales, cartas, escritos de circunstancia. Su nombre es el de cualquiera, su patria es la infancia, su presente la inmensa soledad.

afuera


Ahí, más allá de la escritura estamos nosotros. Por menos lineal que sea, por más sentidos que tenga, la escritura es la referencia de una inscripción; la escritura es algo que permanece en tiempos de fluidez.

Los que estamos en el “afuera” discurrimos. Somos seres desgarrados en un mundo desgarrado. Y eso es lo que nos hace ser lo que somos. En el “afuera” la tristeza no es una palabra, sino algo que nos ronda el cuerpo, algo que vivimos y que nos vive. Pero, a pesar de todo, seguimos imparables en nuestro devenir. Nos hacemos y deshacemos en nuestra morada; esperando horizontes, cielos inmensos, playas a donde llegar, miradas donde encontrarnos.

existencias



Los lugares se vacían, las miradas se ahuecan y vuelvo a ver el tiempo volar.

Los senderos no se detienen en su dispersión.

No hago otra cosa que escribir.

La piedra se hizo más pesada hoy. La vi rodar en la caída de la tarde.

Ahora me siento en cualquier lugar a existir, a llorar un poco, a recordar mi presencia en los otros.

siendo mirando


Los lugares que habitamos, los objetos de los cuales hacemos nuestro mundo, las personas que nos rodean. Todo aquello lo podemos atrapar en el juego ilusorio del lenguaje. Queremos contenerlas en palabras, porque se nos escapan, se nos fugan, se nos pierden en la infinidad sentidos. Fijamos lo imposible. Nos detenemos en cualquier lugar. Alguien pasa y nos mira y nos congela; somos meros objetos para él. "Somos mirados en un mundo mirado", dice Sartre. Pero, así y todo, nos fugamos como las cosas en la multiplicidad del mundo. Escapamos de las miradas por miedo a no ser. Y así vamos por la vida. Siendo, mirando, tratando de seguir en la inmensa libertad de la que somos capaces.

decires


“El búho de Minerva despliega sus alas al anochecer”, decía Hegel. “Nunca fuimos más libres que durante la ocupación”, decía Sartre. “El hombre es la medida de todas las cosas”, decía Protágoras. “Atreverse a realizar un individuo, no tal o cual, sino éste aislado ante Dios, solo en la inmensidad de su esfuerzo y su responsabilidad”, decía Kierkegaard. “¿Será posible? Este santo varón, metido ahí en su bosque, ¡no ha oído aun que Dios ha muerto!”, decía Nietzsche. “Lo bello es difícil”, decía Platón.

resistencias

Sentado en el rincón más oscuro del La Flore escribía y escribía. De tanto en tanto, sigiloso, se levantaba y recogía alguna colilla de cigarrillo. Eran tiempos duros de guerra y escasez; faltaban el tabaco, el alcohol y era complicado conseguir un poco de chocolate. Pero lo fundamental era mantenerse despierto; escribir, leer, discutir, planear el próximo movimiento de la resistencia.

El escritor mezclaba sus papeles. Algunos días se dedicaba a un cuento, otros a la Filosofía y, si quedaban fuerzas y tiempo entre las reuniones clandestinas y los paseos en bicicletas junto al Castor, pensaba una obra de teatro.

Hacía poco había vuelto del campo de batalla y ahora se encontraba en una París ocupada, donde cualquiera podía ser un nazi o un colaboracionista. La resistencia era un fantasma que había que saber percibir; y la vida era algo de lo que no había que huir, sino atravesar.

para A.F. por la frase inspiradora

Jean Paul Sartre: Filosofía y Literatura


“La angustia, lejos de ser un obstáculo para la acción,
es su condición misma...”
J. P. Sartre en una entrevista

La literatura en particular, y la escritura en general, se dan en Sartre de una forma única: la experiencia existencial del hombre frente al vacío –esa angustia frente a la “nada”– no constituye un freno sino el impulso creador del escritor. “El vacío. Para un escritor es la oportunidad. Cuando no se tiene nada que decir se puede decir todo”, nos dice Sartre (Sartre, 1973: 9).
Pero, sobre todo, la escritura no sería en él un mero oficio ni un reflejo, sino que ese acto creador –que se da sólo en esa construcción social que llamamos “Hombre” y que siempre es “contra natura”, como respondería en alguna parte el filósofo León Rozitchner[1]– sería una necesidad propia de la existencia de Jean-Paul Sartre. Porque, como él mismo lo fundamentaría desde su filosofía, el Hombre, “tal como lo concibe el existencialista, si no es definible, es porque empieza por no ser nada. Sólo será después, y será tal como se haya hecho”, (Sartre, 1990: 16). La “nada”, tanto en el hombre como en la literatura, está en el inicio y por eso aparece la creación humana. Porque, al no estar determinados por Dios, por ejemplo, tenemos que crearnos a nosotros mismos; lo sepamos o no, lo queramos o no. Al no haber algo así como “naturaleza humana” o una “esencia humana” –“ni Dios para concebirla”, dice Sartre en la conferencia El existencialismo es una humanismo– es al hombre al único que le cabe su propia construcción. De allí el sentido de la célebre frase: “La existencia precede a la esencia”. Primero existimos, luego nos creamos, para expresarlo esquemáticamente.
En este sentido, la literatura no escapa a esta concepción, sino que forma parte integral de ella. En efecto, la literatura es un perpetuo hacerse sobre el sentimiento de vacío y de angustia del escritor. Porque no se es nada, se hace algo. Es por ello que, en primer lugar, podemos nominar a la literatura sartreana como una “literatura existencial”: no sólo por sus temas –la libertad, la elección irremediable, la angustia, el vacío del Hombre– sino también por la concepción que se hace de ella[2].



Bibliografía
–Sartre, Jean-Paul, El existencialismo es un humanismo, Buenos Aires, Ediciones del 80, 1990.
–Sartre, Jean-Paul, Situations IX, “El escritor y su lenguaje” y otros textos, Buenos Aires, Editorial Losada, 1973.
[1] VVAA, Revista La Biblioteca fundada por Paul Groussac, números 2 y 3 (edición doble), invierno de 2005, pag. 23.
[2] Al no haber una “esencia” pre-dada en la literatura, el hombre puede crear esta disciplina con las herramientas que tiene a mano.