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La Luna


1 Hubo un tiempo en que los seres del Blog del fondo de la calle elegían La Luna para pasar el final de su jornada. Bar pintoresco y avejentado, la Luna supo reunir entre sus mesas a L.P., gran intelectual amante de la música y de los clásicos de la literatura; a La Mujer que Hablaba del Amor, que iba allí a contar sus penas y aciertos de amor; a Marlowe que pasaba y tomaba una copa rápido, ya que andaba siempre al acecho de peligrosos hombres oscuros.

2 La Luna había ganado fama por ser el bar que atraía a todos los poetas de la geografía porteña, que buscaban inspirarse entre sus paredes descascaradas y mozos hinchas de Atlanta. Hoy en día, si uno pasa por Warnes y, pongamos por caso, pregunta por L.P., los parroquianos fingen no conocerlo e, incluso, niegan con cierta virulencia que en aquellas mesas se halla escrito alguna vez un verso triste.

Causas y azares


Era un hombre de la noche, que caminaba por callecitas solitarias y leía en la barra de los bares del centro. Llevaba el ceño fruncido y un cigarrillo negro colgando de su boca; ésa era la máscara que había construido durante años.

Desengañado y huraño, sólo supo cosechar amores turbios y huidizos. Una rubia platino, una traición y la irremediable resignación de un amor imposible.

Siempre al borde del cinismo, siempre al borde de cierto romanticismo, Marlowe no puede dejar de buscar causas perdidas, como los amores, como el destino de los hombres buenos.

Marlowe



El Sr. Marlowe llegó temprano aquel día al bar del fondo de la calle. Era esa rubia de nuevo, según dijo. Tomó un whisky con soda y leyó el diario del día. Después se fue a sentar contra una de las ventanas y allí pasó largo rato fumando y tomando una copa de vino. Creo que leía un pequeño libro de poesía, quizás era de Pessoa o de Vallejo.

Salió del bar cerca de la medianoche, cuando las calles estaban humedecidas, las alcantarillas respiraban vapor y los hombres de la calle intentaban conciliar el sueño.