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amigos en el fondo de la calle


La amistad es una disparidad en sí misma; cansada y radiante, JF está sentada con una copa verde en la mano y la mirada perdida en un punto incierto mientras me cuenta sus historias de amor, sus sentires apasionados (no se lo digo, estas cosas no hay que decirlas, pero es una maravillosa loca de amor); en cambio, LP por momentos parece estar despegado de la vida -"soy El extranjero como vos decís", me dice-, pero descubro con el tiempo alguna de sus pasiones; el error consiste en que uno lo ve ahí sentado leyendo sereno en medio del mate, revistas, diarios y libros que se apilan aquí y allá, el desorden es tal que llego a creer que tiene una razón y hasta una justificación, y ver que en ese gesto sereno no hay pasión uno se equivoca; la existencia no admite pausas y estos dos grandes amigos son también dos grandes apasionados, tienen su estilo, su forma de moverse, su temple, su pliege y su despliege, son buenos (excelentes en realidad) en lo suyo y cada uno a su manera deja su huella en mi cada día.

La Luna


1 Hubo un tiempo en que los seres del Blog del fondo de la calle elegían La Luna para pasar el final de su jornada. Bar pintoresco y avejentado, la Luna supo reunir entre sus mesas a L.P., gran intelectual amante de la música y de los clásicos de la literatura; a La Mujer que Hablaba del Amor, que iba allí a contar sus penas y aciertos de amor; a Marlowe que pasaba y tomaba una copa rápido, ya que andaba siempre al acecho de peligrosos hombres oscuros.

2 La Luna había ganado fama por ser el bar que atraía a todos los poetas de la geografía porteña, que buscaban inspirarse entre sus paredes descascaradas y mozos hinchas de Atlanta. Hoy en día, si uno pasa por Warnes y, pongamos por caso, pregunta por L.P., los parroquianos fingen no conocerlo e, incluso, niegan con cierta virulencia que en aquellas mesas se halla escrito alguna vez un verso triste.

un cross a la mandíbula

“He notado que hace rato no pones nada bueno en el blog”, dijo L.P. al tiempo que hojeaba un diccionario griego. Intenté explicarle que era complicado escribir a diario algo que valiera la pena leer. La inspiración era un bien escaso, que se cotizaba caro en el mercado. “No es excusa”, susurró y citó toda una serie de autores que habían escrito miles de páginas sin las comodidades de las que yo (“vos” dijo L.P.) disfrutaba: procesador de texto, acceso a libros de todo el mundo con un click, internet, impresora y esas cosas.

Luego se levantó de la silla, tomó un libro de tapas amarillas y estuvo un rato leyendo en silencio.

–Crearemos nuestra literatura no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierren la violencia de un cross en la mandíbula –dijo al fin L.P. que había dicho Arlt.




El violento oficio de escribir


L.P. suele ser implacable. Es lo que llamo “mi lector crítico”; aquel que uno somete a la lectura de los textos que tienen alguna pretensión literaria.

Cortés pero impasible, marca, señala, resalta y dictamina. Pocas son las veces que opongo objeciones enérgicas, puesto que el lugar de “lector crítico” le da la legitimidad y, a no negarlo, cierta impunidad a la hora de dictar juicios literarios.

Pero también su función es la que salva al escritor de tropezones y caídas. La nocturnidad, por ejemplo, la juzga mala compañera para la literatura. Las ideas son exaltadas en la soledad de las sombras. El “lector crítico”, por fortuna, desmiente y convierte en ridículas las ideas que la noche anterior nos parecían geniales.

También nos recuerda que la escritura es un oficio dificultoso, siempre “contra natura” como diría León Rozichner; un edificio construido sobre arena, siempre a punto de derrumbarse.

El bandoneonista, la astróloga y L.P.


1 La noche en Buenos Aires era húmeda. Pasamos junto al Británico y luego ingresamos al Centro Cultural Torcuato Tasso, donde nos aguardaba la magia del músico Dino Saluzzi.

Nos ubicaron en una mesa del costado del pasillo, a mitad de camino entre el escenario y la barra del fondo, donde mozos y apurados comensales buscaban a tientas el baño. Antes que L.P. ordenara una botella de vino, fue hasta la mesa que estaba delante nuestro a saludar un conocido. El hombre tenía el pelo grisáceo y desordenado e iba acompañado de una mujer que estaba de espaldas a mí. Después de palabras de ocasión mi amigo volvió y pedimos de beber. El show estaba por empezar.

2 Bajaron las luces, se hizo un breve murmullo y Saluzzi entró en escena. Antes de comenzar a tocar, agradeció a los presentes, al sonidista y a Ludovica Squirru, que estaba con el hombre del pelo grisáceo en la mesa delante de nosotros.

3 El recital se desarrolló por los carriles a los que nos tiene acostumbrados el bandoneonista Dino Saluzzi. La fusión de tango, de folklore y de jazz se hizo sentir en el ambiente. Por tratarse del Tasso, predominó el tango entre las interpretaciones, pero no faltaron chacareras, pero tampoco relatos sobre el exilio, bromas y un pequeño homenaje a Gardel.

4 Un largo aplauso como despedida. Afuera, la noche seguía siendo húmeda. Quizás era el empedrado, los edificios viejos o la luz amarillenta del Parque Lezama, pero San Telmo tenía un aire melancólico de noche. Nos fuimos caminando despacio por Defensa, hablando de música, buscando la aventura de la vida.

¡Sed como la Pantera Rosa!


A pesar de que mi amigo L. P. me advierte que no ponga tanta filosofía, y me meta de lleno en la exhibición de fotografías de modelos y de eso que los revistas llaman "vedettes". Yo le digo que no y, ya en medio de la discusión, argumento en favor de una humanidad ilustrada que lee suplementos culturales y vota a progresistas. A todo esto, L. P. opta por tirarse en un sillón y leer "los clásicos" (la única cosa que vale la pena leer, dice).

Más allá de esto, lo más lejano que he encontrado de las vedettes y lo más cercano que he encontrado a la filosofía (aunque no estoy muy seguro), son unos singulares consejos que da el pensador francés Gilles Deleuze (foto) al final del breve libro Rizoma:

"Haced rizoma y no raíz, ¡no plantéis jamás! ¡No sembréis, picad! ¡No seáis ni uno ni múltiple! ¡Sed multiplicidades! ¡Haced la línea y jamás el punto! ¡La velocidad transforma el punto en línea! ¡Sed rápidos, incluso sin cambiar de lugar! (...) Sed como la Pantera Rosa y que vuestros amores sean aún como la avispa y la orquídea, el gato y el baduino".