Lo que era Juan L. Ortiz
MicroRelato
La Luna

1 Hubo un tiempo en que los seres del Blog del fondo de la calle elegían La Luna para pasar el final de su jornada. Bar pintoresco y avejentado, la Luna supo reunir entre sus mesas a L.P., gran intelectual amante de la música y de los clásicos de la literatura; a La Mujer que Hablaba del Amor, que iba allí a contar sus penas y aciertos de amor; a Marlowe que pasaba y tomaba una copa rápido, ya que andaba siempre al acecho de peligrosos hombres oscuros.
2 La Luna había ganado fama por ser el bar que atraía a todos los poetas de la geografía porteña, que buscaban inspirarse entre sus paredes descascaradas y mozos hinchas de Atlanta. Hoy en día, si uno pasa por Warnes y, pongamos por caso, pregunta por L.P., los parroquianos fingen no conocerlo e, incluso, niegan con cierta virulencia que en aquellas mesas se halla escrito alguna vez un verso triste.
caminos

A dónde van a parar las penas de amor.
Quién unió la tristeza y el fondo de los bares.
Piensa en nosotros aquella chica que vimos una vez en un lugar.
A dónde van a parar los que miramos.
A dónde vamos nosotros.
El rumbo es tan incierto como el sentido.
Estará en seguir y no en llegar.
Los faros, las noches de luna, la próxima palabra que escribiremos.
Allá vamos.
lunas de papel

Se maravilló con la luz que entraba por la ventana. Era la luna una figura que alumbraba por gracia de otro. Le gustaba mirar a las mujeres de rostros pálidos y pensamientos tristes al abrigo nocturno. Le gustaba sentir sus amores y dolores. Se dejaba llevar por los sentires de esos otros seres. Un día se dio cuenta que la noche estaba oscura. No había luna. Fue entonces cuando tomó papel y lápiz y empezó a dibujar pequeñas y grandes lunas. En cada papel había una luna diferente. Se abrigó y salió a la calle a repartir lunas entre la gente que caminaba por ahí.
a la vuelta del frío

A la vuelta del frío todo es más solitario. Amanece tarde, cuando los porteros ya han regado las veredas y los estudiantes dormidos pasan apurados hacia la parada del colectivo.
Uno retorna, como casi todos, a sus proyectos, a sus vacíos, a sus posibilidades.
Escribe, toma mate, cabecea un poco frente a la computadora, sueña un poco con el destino humano. Luego despierta a la realidad, que es el sueño soñado por todos.
el muro

Empantanado en la escritura. Así está la cosa. Detenida, inmóvil, estática. Uno, en su vana ilusión de escritor amateur, creía que el relato se escribía solo, “de una”. Pero no, resulta que la página en blanco se convierte en un muro. Una pared de concreto difícil de cruzar. Lo curioso es que las ideas están, incluso cierta estructura del relato, pero las palabras –reducto último, verdadero paraguas del escritor– no pueden cruzar el muro. De ahí “el bloqueo”, la parálisis, la desazón de los personajes que están “suspendidos” en el tiempo y, un poco de costado, lo observan a uno con desdén. Su existencia detenida por un tipo que ese día no se ha levantado inspirado. Qué hacer, a quién recurrir.
Así, se descubre la soledad que aqueja a los escritores, los muros que los rodean y la inmensa esperanza que tienen cada vez que sientan en cualquier lugar a enfrentarse con el blanco de la hoja; para imaginar, para crear, para descorazonarse un poco cada día.
La suma de los actos cotidianos hacen a los hombres

Lloraba en el cine, corría bajo las tormentas de verano, llegaba a tarde a todas sus citas. Tomaba mate solo mientras escribía palabras de despedida para los viajeros que nunca regresarían. Iba a leer el diario a las estaciones de trenes, bromeaba con extraños, dibujaba caras tristes en los bancos de las plazas. Deseaba en grande, temía en grande, se disimulaba en la multitud vertiginosa que azotaba las grandes metrópolis.
Era sólo un hombre, nada más.
resistencias
Sentado en el rincón más oscuro del La Flore escribía y escribía. De tanto en tanto, sigiloso, se levantaba y recogía alguna colilla de cigarrillo. Eran tiempos duros de guerra y escasez; faltaban el tabaco, el alcohol y era complicado conseguir un poco de chocolate. Pero lo fundamental era mantenerse despierto; escribir, leer, discutir, planear el próximo movimiento de la resistencia. El escritor mezclaba sus papeles. Algunos días se dedicaba a un cuento, otros a la Filosofía y, si quedaban fuerzas y tiempo entre las reuniones clandestinas y los paseos en bicicletas junto al Castor, pensaba una obra de teatro.
Hacía poco había vuelto del campo de batalla y ahora se encontraba en una París ocupada, donde cualquiera podía ser un nazi o un colaboracionista. La resistencia era un fantasma que había que saber percibir; y la vida era algo de lo que no había que huir, sino atravesar.
para A.F. por la frase inspiradora
Simone

Para J.F. en la alegría y en la tristeza
Siempre había dicho que quería ser una escritora. Era la forma adecuada de dar testimonio del mundo, que es uno con nosotros. “La literatura tomó en mi existencia el lugar que había ocupado la religión; ella lo invadió todo y lo transfiguró” dijo alguna vez Simone de Beauvoir.
Simone construyó con Sartre una pareja abierta, con un vínculo inquebrantable, cuyas “reglas” se resumían en: viajes, poligamia y transparencia total. “La felicidad nunca cae del cielo”, es el hombre y la mujer quienes la construyen en el desgarro que implica vivir.
Siempre atenta, sincera, insoslayable, fue durante décadas el símbolo (pero también materialidad) de la lucha de la libertad de la mujer; sobre todo con la escritura de El segundo sexo (1949), “ese faro que Simone encendiera para guiar a las mujeres” hacia la liberté.
escrituras

1 A fines de 1939, Jean-Paul Sartre es “movilizado” por el ejército francés y cumple funciones en el cuerpo meteorológico junto a cuatro compañeros. Sus tareas en la milicia le dejan mucho tiempo para poder escribir. Un poco para evadirse, comienza un diario personal en un cuaderno de cuero negro, obsequio de Simone. Escribe en forma frenética hasta el punto que cambia de guardia con el cabo Pierre para poder continuar con su cometido. En solo día llega a escribir 80 páginas. Otro, 30.
2 En mayo de 1940 comienza la “verdadera” guerra para Sartre. Hasta entonces, todo aquello había sido las vacaciones de un escritor en el frente.
Al poco tiempo lo hacen prisionero junto con otros 14 mil hombres. Son alojados en barricadas, donde duerme en el piso, donde jamás se baña.
En marzo de 1941 es liberado gracias a un certificado falso.
3 “El hombre debe crearse su propia esencia; arrojándose al mundo, sufriendo en él, luchando en él, es como se va definiendo poco a poco. La angustia, lejos de ser un obstáculo para la acción, es su condición misma... El hombre no puede querer sino tras haber comprendido que no puede contar nada más que consigo mismo, que está solo, abandonado en la tierra en medio de sus infinitas responsabilidades, sin ayuda ni socorro, sin otra meta que la que se dará así mismo, sin otro destino que el que se forjará en la tierra”.
un cross a la mandíbula
“He notado que hace rato no pones nada bueno en el blog”, dijo L.P. al tiempo que hojeaba un diccionario griego. Intenté explicarle que era complicado escribir a diario algo que valiera la pena leer. La inspiración era un bien escaso, que se cotizaba caro en el mercado. “No es excusa”, susurró y citó toda una serie de autores que habían escrito miles de páginas sin las comodidades de las que yo (“vos” dijo L.P.) disfrutaba: procesador de texto, acceso a libros de todo el mundo con un click, internet, impresora y esas cosas. Luego se levantó de la silla, tomó un libro de tapas amarillas y estuvo un rato leyendo en silencio.
–Crearemos nuestra literatura no conversando continuamente de literatura, sino escribiendo en orgullosa soledad libros que encierren la violencia de un cross en la mandíbula –dijo al fin L.P. que había dicho Arlt.
El violento oficio de escribir

L.P. suele ser implacable. Es lo que llamo “mi lector crítico”; aquel que uno somete a la lectura de los textos que tienen alguna pretensión literaria.
Cortés pero impasible, marca, señala, resalta y dictamina. Pocas son las veces que opongo objeciones enérgicas, puesto que el lugar de “lector crítico” le da la legitimidad y, a no negarlo, cierta impunidad a la hora de dictar juicios literarios.
Pero también su función es la que salva al escritor de tropezones y caídas. La nocturnidad, por ejemplo, la juzga mala compañera para la literatura. Las ideas son exaltadas en la soledad de las sombras. El “lector crítico”, por fortuna, desmiente y convierte en ridículas las ideas que la noche anterior nos parecían geniales.
También nos recuerda que la escritura es un oficio dificultoso, siempre “contra natura” como diría León Rozichner; un edificio construido sobre arena, siempre a punto de derrumbarse.
Jean Paul Sartre: Filosofía y Literatura

es su condición misma...”
J. P. Sartre en una entrevista
La literatura en particular, y la escritura en general, se dan en Sartre de una forma única: la experiencia existencial del hombre frente al vacío –esa angustia frente a la “nada”– no constituye un freno sino el impulso creador del escritor. “El vacío. Para un escritor es la oportunidad. Cuando no se tiene nada que decir se puede decir todo”, nos dice Sartre (Sartre, 1973: 9).
Pero, sobre todo, la escritura no sería en él un mero oficio ni un reflejo, sino que ese acto creador –que se da sólo en esa construcción social que llamamos “Hombre” y que siempre es “contra natura”, como respondería en alguna parte el filósofo León Rozitchner[1]– sería una necesidad propia de la existencia de Jean-Paul Sartre. Porque, como él mismo lo fundamentaría desde su filosofía, el Hombre, “tal como lo concibe el existencialista, si no es definible, es porque empieza por no ser nada. Sólo será después, y será tal como se haya hecho”, (Sartre, 1990: 16). La “nada”, tanto en el hombre como en la literatura, está en el inicio y por eso aparece la creación humana. Porque, al no estar determinados por Dios, por ejemplo, tenemos que crearnos a nosotros mismos; lo sepamos o no, lo queramos o no. Al no haber algo así como “naturaleza humana” o una “esencia humana” –“ni Dios para concebirla”, dice Sartre en la conferencia El existencialismo es una humanismo– es al hombre al único que le cabe su propia construcción. De allí el sentido de la célebre frase: “La existencia precede a la esencia”. Primero existimos, luego nos creamos, para expresarlo esquemáticamente.
En este sentido, la literatura no escapa a esta concepción, sino que forma parte integral de ella. En efecto, la literatura es un perpetuo hacerse sobre el sentimiento de vacío y de angustia del escritor. Porque no se es nada, se hace algo. Es por ello que, en primer lugar, podemos nominar a la literatura sartreana como una “literatura existencial”: no sólo por sus temas –la libertad, la elección irremediable, la angustia, el vacío del Hombre– sino también por la concepción que se hace de ella[2].
Bibliografía
–Sartre, Jean-Paul, El existencialismo es un humanismo, Buenos Aires, Ediciones del 80, 1990.
–Sartre, Jean-Paul, Situations IX, “El escritor y su lenguaje” y otros textos, Buenos Aires, Editorial Losada, 1973.
[1] VVAA, Revista La Biblioteca fundada por Paul Groussac, números 2 y 3 (edición doble), invierno de 2005, pag. 23.
[2] Al no haber una “esencia” pre-dada en la literatura, el hombre puede crear esta disciplina con las herramientas que tiene a mano.
