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mujeres tristes

los trozos de poesía,
las miradas en silencio,
los abrazos,
el irremediable sabor melancólico que habita en sus ojos,
todo se lo han llevado las mujeres tristes
de esta inmensa ciudad de cristal.

Espejos y sueños


El viajero no tiene descanso en la vigilia. Vive mientras pertenece al movimiento del mundo.

Espejos y sueños hacen de mi lo que soy.

Construimos lugares porque necesitamos guardar lo que hallamos en el camino.

Espejos y sueños marchan juntos a veces. Ayer creí ver un reflejo, pero era sólo un fantasma, un recuerdo ajeno mezclado en el mar de la gente.

ciertas formas


La escritura sólo remienda de a ratos.

A la hora del ocaso todo es tenue y se tiñe de cierta lasitud. Recuerdo algunos imprecisos en el pueblo.

Había cierta grandeza en el cielo anochecido. Yo voy caminando solo, expectante de la vida, con la mirada inquieta y el corazón abierto, que es mi manera de andar.

los amantes y el tiempo


Estaba recostado en la silla. En la mano derecha tenía una copa de vino verde, de rasgos medievales, con detalles en los costados. Ella estaba cruzada de piernas y fumaba un cigarrillo con cierta impavidez. Hacía exactamente cinco minutos que ni él ni la Mujer que Hablaba del Amor pronunciaban palabra. Bebían y se miraban mientras pensaban en silencio sobre lo que ella, momentos antes, había dicho.

–El beso de los amantes nuevos es un beso para huir de la muerte. Es una advertencia de que el tiempo, cuando se vive un amor intenso, es un bien escaso. Siempre estamos retrasados. Es un tren a punto de salir.

De golpe ella suspiró, como quien recuerda algún beso lejano pero no olvidado. La Mujer que Hablaba del amor miró el techo y pestañeó varias veces para que las lágrimas que intentaban salir de sus ojos se detuvieran y, sobre todo, para que aquel hombre sentado frente a ella no las notara.

Miró su reloj, sonrió y se fue. Nunca antes se había ido.

afuera


Ahí, más allá de la escritura estamos nosotros. Por menos lineal que sea, por más sentidos que tenga, la escritura es la referencia de una inscripción; la escritura es algo que permanece en tiempos de fluidez.

Los que estamos en el “afuera” discurrimos. Somos seres desgarrados en un mundo desgarrado. Y eso es lo que nos hace ser lo que somos. En el “afuera” la tristeza no es una palabra, sino algo que nos ronda el cuerpo, algo que vivimos y que nos vive. Pero, a pesar de todo, seguimos imparables en nuestro devenir. Nos hacemos y deshacemos en nuestra morada; esperando horizontes, cielos inmensos, playas a donde llegar, miradas donde encontrarnos.

tristecidio


Nadie lo vio venir, pero era el Tristecidio. Confundido con la bruma de la ciudad, metido entre la gente, se colaba por todos lados. Venía y traía finales tristes para las historias de amor. Los amantes huían al amanecer y los enamorados caminaban sigilosos por las grandes avenidas.

La vida es hermosa pero tenemos muchas historias tristes que contar. Yo me sé algunas. Grandes y pequeñas. Fueron muy bonitas. Son las mujeres las que hacen que valga la pena. Por ellas estamos acá, por ellas escribimos, por ellas esperamos, por ellas podemos disfrutar el sonido de la lluvia.
Hoy estoy triste, pero no tengan piedad de mí. Sólo soy otro hombre que intenta ser libre y feliz.

Los ejercicios de la melancolía


Escribir en un bar avejentado a la hora del ocaso, contra la ventana, cuando las sombras van cubriendo poco a poco las veredas soleadas; mirar pasar la gente cuando uno anda triste y el mundo le parece un lugar ajeno; caminar gratuitamente, como sino hubiera rumbo ni puerto de llegada; admirar las parejas besarse; imaginar relatos truncos, donde la chica siempre se termina yendo con otro, que nunca es uno; mirar Sweet and Lowdown, leer a Kierkegaad, escuchar “Plegaria para un niño dormido”.

Bruma



La ciudad era un lugar brumoso, había dicho M.. Claro que M. era fotógrafa y tenía una sensibilidad especial para ver las cosas. La realidad era un perpetuo andar; un flujo incesante, una composición maquínica –parafraseo despiadadamente a Deleuze– donde cualquier punto puede comunicarse entre sí; el rizoma dispara para cualquier lado.

Hombres y mujeres caminaban por la calle; reducidos a gestos fútiles y vacíos. No estaba triste aquel día, caminaba por la calle como si no hubiera mañana, pero había alguien que sí la pasaba mal. Alguien sufría porque no entendía su forma de amar. Vivía con intensidad sus sentimientos en medio de la ciudad brumosa. Entre sollozos recordaba una y otra ve la frase de Galeano: “Contamos las horas que nos separan de la noche que viene. Entonces nos haremos el amor, el tristecidio”.La tristeza era una de las maneras del amor, o eso creía.