los trozos de poesía,las miradas en silencio,
los abrazos,
el irremediable sabor melancólico que habita en sus ojos,
todo se lo han llevado las mujeres tristes
de esta inmensa ciudad de cristal.
"De un hombre que cabecea, entonces, ¿qué se puede esperar? Nada como no sea una hilera de fragmentos, espesos, en brutos. Que el mundo resplandezca en ellos, si uno de los modos del mundos es el resplandor" (Juan José Saer, "Carta a la vidente").

El viajero no tiene descanso en la vigilia. Vive mientras pertenece al movimiento del mundo.
Espejos y sueños hacen de mi lo que soy.
Construimos lugares porque necesitamos guardar lo que hallamos en el camino.
Espejos y sueños marchan juntos a veces. Ayer creí ver un reflejo, pero era sólo un fantasma, un recuerdo ajeno mezclado en el mar de la gente.
La escritura sólo remienda de a ratos.
A la hora del ocaso todo es tenue y se tiñe de cierta lasitud. Recuerdo algunos imprecisos en el pueblo.
Había cierta grandeza en el cielo anochecido. Yo voy caminando solo, expectante de la vida, con la mirada inquieta y el corazón abierto, que es mi manera de andar.

–El beso de los amantes nuevos es un beso para huir de la muerte. Es una advertencia de que el tiempo, cuando se vive un amor intenso, es un bien escaso. Siempre estamos retrasados. Es un tren a punto de salir.
De golpe ella suspiró, como quien recuerda algún beso lejano pero no olvidado. La Mujer que Hablaba del amor miró el techo y pestañeó varias veces para que las lágrimas que intentaban salir de sus ojos se detuvieran y, sobre todo, para que aquel hombre sentado frente a ella no las notara.
Miró su reloj, sonrió y se fue. Nunca antes se había ido.
Ahí, más allá de la escritura estamos nosotros. Por menos lineal que sea, por más sentidos que tenga, la escritura es la referencia de una inscripción; la escritura es algo que permanece en tiempos de fluidez.
Los que estamos en el “afuera” discurrimos. Somos seres desgarrados en un mundo desgarrado. Y eso es lo que nos hace ser lo que somos. En el “afuera” la tristeza no es una palabra, sino algo que nos ronda el cuerpo, algo que vivimos y que nos vive. Pero, a pesar de todo, seguimos imparables en nuestro devenir. Nos hacemos y deshacemos en nuestra morada; esperando horizontes, cielos inmensos, playas a donde llegar, miradas donde encontrarnos.

Nadie lo vio venir, pero era el Tristecidio. Confundido con la bruma de la ciudad, metido entre la gente, se colaba por todos lados. Venía y traía finales tristes para las historias de amor. Los amantes huían al amanecer y los enamorados caminaban sigilosos por las grandes avenidas.
La vida es hermosa pero tenemos muchas historias tristes que contar. Yo me sé algunas. Grandes y pequeñas. Fueron muy bonitas. Son las mujeres las que hacen que valga la pena. Por ellas estamos acá, por ellas escribimos, por ellas esperamos, por ellas podemos disfrutar el sonido de la lluvia.
Hoy estoy triste, pero no tengan piedad de mí. Sólo soy otro hombre que intenta ser libre y feliz.


La ciudad era un lugar brumoso, había dicho M.. Claro que M. era fotógrafa y tenía una sensibilidad especial para ver las cosas. La realidad era un perpetuo andar; un flujo incesante, una composición maquínica –parafraseo despiadadamente a Deleuze– donde cualquier punto puede comunicarse entre sí; el rizoma dispara para cualquier lado.
Hombres y mujeres caminaban por la calle; reducidos a gestos fútiles y vacíos. No estaba triste aquel día, caminaba por la calle como si no hubiera mañana, pero había alguien que sí la pasaba mal. Alguien sufría porque no entendía su forma de amar. Vivía con intensidad sus sentimientos en medio de la ciudad brumosa. Entre sollozos recordaba una y otra ve la frase de Galeano: “Contamos las horas que nos separan de la noche que viene. Entonces nos haremos el amor, el tristecidio”.La tristeza era una de las maneras del amor, o eso creía.