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ahora


ahora que estamos más solos,
ahora que los amigos se viven yendo a otros lados,
y ahora, que es instante,
y no está más

viajero


El hombre emprende nuevo viaje, es el movimiento su fin, es el destino su norte; a pesar de que sabe que no hay fines ni destinos y que siempre nos estamos yendo a otra parte (somos nuestra forma de huir). Sin embargo los inventa, se justifica un poco en un mundo de dioses muertos y de seres absurdos. Los recuerdos del viaje van en postales, cartas, escritos de circunstancia. Su nombre es el de cualquiera, su patria es la infancia, su presente la inmensa soledad.

hacía


Le rezaba al dios de los tristes,

hacía de las lagunas océanos,

marcaba el compás de las orquestas.

Ahora mira un rincón,

y hace prisiones.

escribir(la)


Siempre por contar historias tristes, a punto de no llegar, esperando en la estación de trenes. Escribo en cuadernos que luego pierdo por ahí. Anoto pequeñas cosas que pasan. Caminos que no he recorrido, personas que conozco, imágenes de los veranos.

Siempre en la encrucijada, a punto de cruzar el umbral, esperando en un bar a punto de cerrar. La luz del atardecer humedece los rostros, los vuelve humanos.

Siempre tendido como un puente, a punto de pisar la otra orilla, esperando encontrarla en una calle cualquiera. Para mirarla, escucharla un rato, escribirla una vez más.

a la vuelta del frío


A la vuelta del frío todo es más solitario. Amanece tarde, cuando los porteros ya han regado las veredas y los estudiantes dormidos pasan apurados hacia la parada del colectivo.

Uno retorna, como casi todos, a sus proyectos, a sus vacíos, a sus posibilidades.

Escribe, toma mate, cabecea un poco frente a la computadora, sueña un poco con el destino humano. Luego despierta a la realidad, que es el sueño soñado por todos.

Bruma



La ciudad era un lugar brumoso, había dicho M.. Claro que M. era fotógrafa y tenía una sensibilidad especial para ver las cosas. La realidad era un perpetuo andar; un flujo incesante, una composición maquínica –parafraseo despiadadamente a Deleuze– donde cualquier punto puede comunicarse entre sí; el rizoma dispara para cualquier lado.

Hombres y mujeres caminaban por la calle; reducidos a gestos fútiles y vacíos. No estaba triste aquel día, caminaba por la calle como si no hubiera mañana, pero había alguien que sí la pasaba mal. Alguien sufría porque no entendía su forma de amar. Vivía con intensidad sus sentimientos en medio de la ciudad brumosa. Entre sollozos recordaba una y otra ve la frase de Galeano: “Contamos las horas que nos separan de la noche que viene. Entonces nos haremos el amor, el tristecidio”.La tristeza era una de las maneras del amor, o eso creía.

soledad


La calle, como siempre, estaba desierta. La noche era iluminada por la luz pálida del bar. El empleado de delantal blanco murmuraba algo para no sentir el silencio; la pareja ya había dicho todo lo que tenía que decir. El hombre de espaldas era la representación de la soledad; no tenía rostro, pasaba desapercibido, pero habitaba todos los rincones de la ciudad.

La calle, como siempre, estaba desierta. Era un buen comienzo para un relato. Para contar la soledad, que siempre necesita de calles solitarias, de hombres tristes y de mujeres abandonadas.

La Mujer que Hablaba del Amor

Me pregunto por qué La Mujer que Habla del Amor ha elegido la soledad. Al fin de cuentas es un destino como cualquier otro. Quizás por ser ella, la que habla del Amor, ha elegido no tener extendidas relaciones que (en forma inevitable) terminan con los amantes aburridos y desengañados. Para evitar el tono marchito ha sabido volver a empezar a tiempo. De todas maneras no he sabido comprender del todo esa lógica, puesto que en mi pobre existencia he apostado (en forma vana e ilusoria, claro) siempre a la permanencia mas que al cambio.

Ahora, solitario, las noches son más largas, los silencios más profundos y las esperanzas más grandes.