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MicroRelato


Entonces miró el cadáver y fijó en su mente su rostro. Dos días le llevó averiguar el móvil: no debía haber visto esa entrega secreta. Después, pensó un plan simple. Se le aparecería en la noche al detective del caso. Durante dos meses llevó a cabo la tarea, que resultó infructuosa, aquel viejo detective descreía de las pistas que le daban los fantasmas.

dichos


Se ha dicho que el mar es inmenso; se ha dicho que los hombres descorazonados habitan moradas tristes y neblinosas.
Se han callado los atardeceres y los poemas que se escriben llorando.

Nos hemos callado nosotros, hasta ahora.

a ti que te lo haces


A lo lejos, en la calle, improvisa un verso triste; es de noche, pero nadie percibe la importancia cósmica de este hecho; de que ese hombre, a lo lejos, improvisa un verso triste; también silba bajo, extraña mucho y compra postales porteñas que arrumba en cajones de madera; improvisa un verso en la calle, todos ignoran este hecho o, piensa el hombre, disimulan para no quebrantar el orden de lo establecido.

Y así sigue la vida, uno pasa, como de costumbre, ojea los libros en Corrientes, entra al bar aquel a tomar un café con leche con medialunas y se va caminando por alguna callecita mientras cae otro atardecer en el mundo.

escribir(la)


Siempre por contar historias tristes, a punto de no llegar, esperando en la estación de trenes. Escribo en cuadernos que luego pierdo por ahí. Anoto pequeñas cosas que pasan. Caminos que no he recorrido, personas que conozco, imágenes de los veranos.

Siempre en la encrucijada, a punto de cruzar el umbral, esperando en un bar a punto de cerrar. La luz del atardecer humedece los rostros, los vuelve humanos.

Siempre tendido como un puente, a punto de pisar la otra orilla, esperando encontrarla en una calle cualquiera. Para mirarla, escucharla un rato, escribirla una vez más.

a la vuelta del frío


A la vuelta del frío todo es más solitario. Amanece tarde, cuando los porteros ya han regado las veredas y los estudiantes dormidos pasan apurados hacia la parada del colectivo.

Uno retorna, como casi todos, a sus proyectos, a sus vacíos, a sus posibilidades.

Escribe, toma mate, cabecea un poco frente a la computadora, sueña un poco con el destino humano. Luego despierta a la realidad, que es el sueño soñado por todos.

el muro


Empantanado en la escritura. Así está la cosa. Detenida, inmóvil, estática. Uno, en su vana ilusión de escritor amateur, creía que el relato se escribía solo, “de una”. Pero no, resulta que la página en blanco se convierte en un muro. Una pared de concreto difícil de cruzar. Lo curioso es que las ideas están, incluso cierta estructura del relato, pero las palabras –reducto último, verdadero paraguas del escritor– no pueden cruzar el muro. De ahí “el bloqueo”, la parálisis, la desazón de los personajes que están “suspendidos” en el tiempo y, un poco de costado, lo observan a uno con desdén. Su existencia detenida por un tipo que ese día no se ha levantado inspirado. Qué hacer, a quién recurrir.

Así, se descubre la soledad que aqueja a los escritores, los muros que los rodean y la inmensa esperanza que tienen cada vez que sientan en cualquier lugar a enfrentarse con el blanco de la hoja; para imaginar, para crear, para descorazonarse un poco cada día.

ciertas formas


La escritura sólo remienda de a ratos.

A la hora del ocaso todo es tenue y se tiñe de cierta lasitud. Recuerdo algunos imprecisos en el pueblo.

Había cierta grandeza en el cielo anochecido. Yo voy caminando solo, expectante de la vida, con la mirada inquieta y el corazón abierto, que es mi manera de andar.

afuera


Ahí, más allá de la escritura estamos nosotros. Por menos lineal que sea, por más sentidos que tenga, la escritura es la referencia de una inscripción; la escritura es algo que permanece en tiempos de fluidez.

Los que estamos en el “afuera” discurrimos. Somos seres desgarrados en un mundo desgarrado. Y eso es lo que nos hace ser lo que somos. En el “afuera” la tristeza no es una palabra, sino algo que nos ronda el cuerpo, algo que vivimos y que nos vive. Pero, a pesar de todo, seguimos imparables en nuestro devenir. Nos hacemos y deshacemos en nuestra morada; esperando horizontes, cielos inmensos, playas a donde llegar, miradas donde encontrarnos.

resistencias

Sentado en el rincón más oscuro del La Flore escribía y escribía. De tanto en tanto, sigiloso, se levantaba y recogía alguna colilla de cigarrillo. Eran tiempos duros de guerra y escasez; faltaban el tabaco, el alcohol y era complicado conseguir un poco de chocolate. Pero lo fundamental era mantenerse despierto; escribir, leer, discutir, planear el próximo movimiento de la resistencia.

El escritor mezclaba sus papeles. Algunos días se dedicaba a un cuento, otros a la Filosofía y, si quedaban fuerzas y tiempo entre las reuniones clandestinas y los paseos en bicicletas junto al Castor, pensaba una obra de teatro.

Hacía poco había vuelto del campo de batalla y ahora se encontraba en una París ocupada, donde cualquiera podía ser un nazi o un colaboracionista. La resistencia era un fantasma que había que saber percibir; y la vida era algo de lo que no había que huir, sino atravesar.

para A.F. por la frase inspiradora

El violento oficio de escribir


L.P. suele ser implacable. Es lo que llamo “mi lector crítico”; aquel que uno somete a la lectura de los textos que tienen alguna pretensión literaria.

Cortés pero impasible, marca, señala, resalta y dictamina. Pocas son las veces que opongo objeciones enérgicas, puesto que el lugar de “lector crítico” le da la legitimidad y, a no negarlo, cierta impunidad a la hora de dictar juicios literarios.

Pero también su función es la que salva al escritor de tropezones y caídas. La nocturnidad, por ejemplo, la juzga mala compañera para la literatura. Las ideas son exaltadas en la soledad de las sombras. El “lector crítico”, por fortuna, desmiente y convierte en ridículas las ideas que la noche anterior nos parecían geniales.

También nos recuerda que la escritura es un oficio dificultoso, siempre “contra natura” como diría León Rozichner; un edificio construido sobre arena, siempre a punto de derrumbarse.

La música en los otros


Cuando cae la tarde me da por escribir. Pasa lo que tiene que pasar; me recuesto en la silla, hago que prendo un cigarrillo y comienzo con la escritura. Al principio, la escena la imagino ideal: un hombre caminando lento en medio de una lluvia torrencial, los amantes secretos que se despiden en un andén lejano, la descripción de un hombre que ha sido. Luego me quedo largo rato preguntándome quién es ese tipo que camina bajo la lluvia, por qué los amantes esconden su amor, qué le ha pasado a esa sombra de hombre.

Al otro día releo lo escrito y todo va a parar a la basura. Es una forma absurda de acercamiento a Kafka, me digo. También me pregunto a dónde van a parar los papeles que uno ha escrito, los que ha perdido o los que se ha llevado una amante. Sólo pueden quedar en el recuerdo del escritor o del ocasional lector. Soriano ya lo había dicho alguna vez, "somos músicas que quedan en los otros".