
Le rezaba al dios de los tristes,
hacía de las lagunas océanos,
marcaba el compás de las orquestas.
Ahora mira un rincón,
y hace prisiones.
"De un hombre que cabecea, entonces, ¿qué se puede esperar? Nada como no sea una hilera de fragmentos, espesos, en brutos. Que el mundo resplandezca en ellos, si uno de los modos del mundos es el resplandor" (Juan José Saer, "Carta a la vidente").
Siempre por contar historias tristes, a punto de no llegar, esperando en la estación de trenes. Escribo en cuadernos que luego pierdo por ahí. Anoto pequeñas cosas que pasan. Caminos que no he recorrido, personas que conozco, imágenes de los veranos.
Siempre en la encrucijada, a punto de cruzar el umbral, esperando en un bar a punto de cerrar. La luz del atardecer humedece los rostros, los vuelve humanos.
Siempre tendido como un puente, a punto de pisar la otra orilla, esperando encontrarla en una calle cualquiera. Para mirarla, escucharla un rato, escribirla una vez más.
A sus ojos claros, la ciudad enmudecía. Los domingos dejaba de amar. Sus esperanzas parecían un muro casi derrumbado.
A su alrededor: existencias, soledades, compañías mudas, ruidos de vecinos. Su trabajo: cierta forma de la contemplación.
Los caminos le eran extraños, los puertos un enigma. La oscuridad la salvaba de la intemperie, del viento que venía con el ocaso.
A pesar de todos y de todo, amaba, quizás en silencio, quizás descorazonadamente, quizás de forma que jamás entiendas.
Buscaba tierras firmes, conclusiones a las que llegar.
Capturaba almas tristes y miradas vacías. En medio de la multitud se transformaba. Enfocaba y disparaba con precisión. Vivía en medio de los acontecimientos.
Extrañaba, dudaba, sentía con intensidad. Habitaba la imagen; una morada incierta la esperaba, como a todos, como a ninguno.
para M.D.B. y sus ausencias
A la vuelta del frío todo es más solitario. Amanece tarde, cuando los porteros ya han regado las veredas y los estudiantes dormidos pasan apurados hacia la parada del colectivo.
Uno retorna, como casi todos, a sus proyectos, a sus vacíos, a sus posibilidades.
Escribe, toma mate, cabecea un poco frente a la computadora, sueña un poco con el destino humano. Luego despierta a la realidad, que es el sueño soñado por todos.
El movimiento de las mareas, los sonidos de las mañanas tristes, la soledad que exorciza las sombras.
Los que almuerzan en las plazas, los que ven como caen las hojas amarillentas, los que dicen que no saben que harían en ciertas situaciones.
Los refugios del mundo, los hombres de las afueras, esa magia que no para de aparecer aquí y allá.
Así, se descubre la soledad que aqueja a los escritores, los muros que los rodean y la inmensa esperanza que tienen cada vez que sientan en cualquier lugar a enfrentarse con el blanco de la hoja; para imaginar, para crear, para descorazonarse un poco cada día.
Lloraba en el cine, corría bajo las tormentas de verano, llegaba a tarde a todas sus citas. Tomaba mate solo mientras escribía palabras de despedida para los viajeros que nunca regresarían. Iba a leer el diario a las estaciones de trenes, bromeaba con extraños, dibujaba caras tristes en los bancos de las plazas. Deseaba en grande, temía en grande, se disimulaba en la multitud vertiginosa que azotaba las grandes metrópolis.
Era sólo un hombre, nada más.
El viajero no tiene descanso en la vigilia. Vive mientras pertenece al movimiento del mundo.
Espejos y sueños hacen de mi lo que soy.
Construimos lugares porque necesitamos guardar lo que hallamos en el camino.
Espejos y sueños marchan juntos a veces. Ayer creí ver un reflejo, pero era sólo un fantasma, un recuerdo ajeno mezclado en el mar de la gente.
La escritura sólo remienda de a ratos.
A la hora del ocaso todo es tenue y se tiñe de cierta lasitud. Recuerdo algunos imprecisos en el pueblo.
Había cierta grandeza en el cielo anochecido. Yo voy caminando solo, expectante de la vida, con la mirada inquieta y el corazón abierto, que es mi manera de andar.
–El beso de los amantes nuevos es un beso para huir de la muerte. Es una advertencia de que el tiempo, cuando se vive un amor intenso, es un bien escaso. Siempre estamos retrasados. Es un tren a punto de salir.
De golpe ella suspiró, como quien recuerda algún beso lejano pero no olvidado. La Mujer que Hablaba del amor miró el techo y pestañeó varias veces para que las lágrimas que intentaban salir de sus ojos se detuvieran y, sobre todo, para que aquel hombre sentado frente a ella no las notara.
Miró su reloj, sonrió y se fue. Nunca antes se había ido.Ahí, más allá de la escritura estamos nosotros. Por menos lineal que sea, por más sentidos que tenga, la escritura es la referencia de una inscripción; la escritura es algo que permanece en tiempos de fluidez.
Los que estamos en el “afuera” discurrimos. Somos seres desgarrados en un mundo desgarrado. Y eso es lo que nos hace ser lo que somos. En el “afuera” la tristeza no es una palabra, sino algo que nos ronda el cuerpo, algo que vivimos y que nos vive. Pero, a pesar de todo, seguimos imparables en nuestro devenir. Nos hacemos y deshacemos en nuestra morada; esperando horizontes, cielos inmensos, playas a donde llegar, miradas donde encontrarnos.
Los lugares se vacían, las miradas se ahuecan y vuelvo a ver el tiempo volar.
Los senderos no se detienen en su dispersión.
No hago otra cosa que escribir.
La piedra se hizo más pesada hoy. La vi rodar en la caída de la tarde.
Ahora me siento en cualquier lugar a existir, a llorar un poco, a recordar mi presencia en los otros.